Cuervos

Cuervos

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Los monstruos se han ido, pero seguramente regresen.

Siempre lo hacen.

Todas las noches.

A duras penas se levanta de la colchoneta. El tufo del sótano le resulta irrespirable. Huele a heces y a humedad.

En las paredes hay un sinfín de arañazos y de grietas, por las que se cuelan los roedores.

Debe tener cautela.

Anoche al paso que dormía, una rata estresada y hambrienta se metió bajo las mantas y le mordió el pie. Los dientes del animal se aferraron a la carne. Ella se revolvió. Agitó las piernas, pero la rata no deseaba soltarla. De tal manera que se vio obligada a cogerla con las manos. Al tirar, aquel bicho infecto, le desgarró la piel y se percató de que si hubiera sido más grande no habría tenido ningún reparo en devorarla.

Después de eso pasó la noche en vela, alarma a posibles intrusiones.

No recuerda los días que lleva encerrada, ni las veces que se ha acercado a un pequeño tragaluz para gritar y pedir ayuda.

Aun de esta forma, nadie asemeja percibir sus chillidos.

Echa de menos la luz del sol y también las tardes de lluvia.

En los últimos tiempos ha llorado tanto que se le han secado los lagrimales. A veces, se pregunta qué habrá sido de sus progenitores, si la echarán de menos, si la estarán buscando.

Al principio, cuando los monstruos venían de madrugada, oponía resistencia. No obstante, con el discurrir de los días, comprendió que si lo hacía todo iría mucho peor.

El más aterrador de todos es el hombre de la risa siniestra y el tatuaje de un cuervo gigante en la espalda. Siempre y en todo momento y en toda circunstancia quiere más. Nunca está satisfecho. Asemeja insaciable. Cuando se pone encima de ella, trata de cerrar los ojos y asimismo imagina que se encuentra muy lejos. Piensa en cosas agradables. En el sonido de las olas. En el sabor del helado de vainilla. En el olor de los naranjos de la finca de su abuelo.

Pero cuando abre los ojos los ve allí, desnudos, apestando a sudor. Con esos pasamontañas negros que solo dejan distinguir los labios y los ojos. Esos ojos que destilan terror. Esos ojos que la atraviesan por la parte interior. Al rememorar la escena, un escalofrío le recorre la espalda.

Desea huir de ese sótano.

Ayer vio los cráneos que se escondían bajo las alpacas. Cráneos de personas, de pequeños.

A lo lejos oye unos pasos. El corazón se le acelera. Su respiración se agita.

«Son . Son ellos», se asevera horrorizada.

La puerta se entorna poquito a poco. Un débil haz de luz se proyecta en el sótano.

Traga saliva y comienza a temblar. Le castañean los dientes.

—¿Qué tal bonita? —le pregunta una voz que le resulta bastante familiar.

Su rostro se descompone. Desvía la vista cara el tragaluz y ahoga un grito de pánico.

Sí, por desgracia, los monstruos siempre y en toda circunstancia y en todo instante regresan.



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